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16/04/2008

El economista comunista

Andrés estudió economía para salvar el mundo. Era realista, sabía como funcionaban las cosas, no como esos pijos que iban de jipis pero que, con la excusa de estar en contra del Sistema y querer cambiar el mundo, no daban un palo al agua y vivían de forma “alternativa”: alternaban la kasa okupa con la casa de sus padres.

Andrés no. Andrés era master en economía por la UPD con estudios de postgrado en la UFI a los veinticinco años, pero de izquierdas. Un rebelde. A él no le habían regalado nada. Rechazó el dinero de su padre y se pagó la carrera trabajando duro, los veranos, en la consultora del mejor amigo de su padre, y socio mayoritario de la empresa en la que ahora se encontraba, en su primer día de trabajo, deseando cambiar el mundo. Porque Andrés estaba concienciado: había obtenido las mejores clasificaciones en Ética y Responsabilidad Social Empresarial, formaba parte de una nueva generación de economistas preocupados por la clase obrera, por los derechos de los trabajadores, en otro tiempo rivales, ahora aliados en la tarea de componer el perfecto mandala de la sociedad de consumo: compartamos los televisores de plasma, disfrutemos todos del placer de conducir un gama alta; gastad, os lo pondremos fácil. Ya no existen las cartillas de ahorro, ahora tenemos las cuentas superplus. Disfrutad ya y pagad en trescientos sesenta cómodos plazos. Y nos enrollamos con la juventud: facilidades para pedir hipotecas a cincuenta años de interés variable a pagar con el 70% del sueldo de ambos (porque lo natural, por supuesto, es vivir en pareja) pero, eso sí, os libramos del impuesto de tasación y, atención, ¡a no pagar hasta septiembre! Para que os podais ir de vacaciones, perdón, ahora lo llaman viajar.

Sí, Andrés creía en las posibilidades de este mundo regido por El Sistema. Así, en mayúsculas. Ese Sistema que los jipis criticaban en los botellones cuando eso era lo único por lo que sabían luchar: los botellones. O como esos fascistas de extrema izquierda que, alegando mejoras sociales, querían acabar con la libertad del pueblo soberano de no permitir que asesinas en su irresponsabilidad abortaran, que el país fuera invadido por delincuentes que decían venir a trabajar pero a los que nunca veías en la obra, en los talleres, en el campo, en restaurantes y cafeterías, sino delinquiendo por ahí; la libertad de no permitir que los maric… perdón, enfermos, hicieran oficial su relación (¡suficiente era tolerarlos! Porque Andrés era tolerante), o que hubieran separatistas radicales cargados de odio que, envueltos en su supuesta pero ficticia bandera, que nada representaba en comparación a la gloriosa y entrañable ondeando en la mañana rojigualda, reivindicaban su abstracta nacionalidad con fanatismo ciego, no reconociendo que pertenencían a España! España! España!

Andrés era de izquierdas, un amante de la libertad, por eso odiaba a los nacionalistas. Y a los que decían que eran de izquierdas y querían un mundo mejor, pero no hacían nada por cambiarlo. No como él. El Sistema era un gigante formado por millones de seres humanos donde, día tras día, y sincronizándose con la precisión de un reloj, todas las piezas, desde las más pequeñas (los antaño trabajadores, ahora consumidores) a las más grandes (él) eran importantes para que el mundo siguiera girando. Y si querías realmente cambiar el mundo, mejorarlo, tenías que esforzarte. No como los jipis, o esos que, por vagos, por no haber estudiado, ahora tenían que levantarse cada día a las cinco o seis de la mañana y atestar solitarias paradas de autobus en frías madrugadas, malgastando sus vidas en una rutinaria sucesión de días iguales unos a otros, no pudiendo ver crecer a sus hijos para poderles comprar la playstation, aunque fuera la 2, viviendo hacinados lejos del sol en barrios con vistas al centro comercial (de nada) y antena de telefonía móvil en el tejado.

No. Él no era como esos vagos. Él era de izquierdas. Un rebelde.

Y en ese círculo poliédrico y perfecto que era El Sistema, se acoplaba con la precisión intrínseca del Sacramento de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo son uno y son tres, la economía. Sistema y economía eran uno y eran dos. Por eso él era economista: porque haciéndose uno con la economía se hacía uno con El Sistema, no lo destruía sino que lo transformaba por dentro utilizando sus mismas reglas; era como Bruce Lee y el kungfu, como cuando el bueno se enfrenta a su reflejo oscuro y se une con él para neutralizarlo y hacerse más fuerte; como Luke Skywalker, como un samurai. Como un marine de los que van en misión humanitaria a instaurar la paz por tierra, mar y aire, a llevar la democracia y mostrar a los pueblos oprimidos la grandeza del pacífico y civilizado occidente, de su Sistema, abriendose paso valientemente con tanques, zonas de seguridad, cacheos y controles, asesinatos indiscriminados, violaciones, robo de materias primas y expolio de obras de arte, formación de gobiernos títere no representativos elegidos a dedo y dependientes militarmente de una fuerza invasora.

Por la libertad. Por la economía. La misma cosa, al fin y al cabo.

Sí, Andrés era como uno de esos marines, un guerrero en un mundo de épica medieval, una armadura era su traje, una espada su corbata. Y entrando en el sistema podía cargar contra los verdaderos gigantes que hacían de éste un mundo imperfecto, no como esos ilusos que los confundían con molinos; él podía actuar, podía ayudar a resolver las injusticias del mundo utilizando El Sistema, el poder que éste proporcionaba; porque, era evidente, El Sistema no era del todo justo. O, mejor dicho, no era justa la utilización que la humanidad hacía de él, y nada indignaba más a Andrés que la injusticia: la caza de las ballenas, por ejemplo (aunque no caía en la ciega demagogía de condenar la caza y los toros, actividades ambas que contribuían a la conservación de especies que, si no fueran abatidas a perdigonazos o apuñaladas hasta la muerte, ya estarían muertas), la desforestación del Amazonas (la del pueblo costero donde tenía el chalet no importaba; al fin y al cabo, poco debía aportar un bosque de pinos mediterráneo a la capa de ozono), o la conservación del patrimonio (para lo cual nada mejor que donar dinero a la iglesia católica, ya que, culturalmente hablando, España era un país de arraigada tradición cristiana, firme y robusta como uno de sus emblemáticos campanarios, la Giralda, y dejar el patrimonio en manos del ministerio de cultura era peligroso, porque solía estar en manos de uno de esos jipis que decían querer cambiar el mundo pero llegaban a ministros de cultura, esto es, unos vagos chupópteros, como todos los artistas (otros que vivían de espaldas a la realidad), provocando con su pésima gestión que se perdieran bienes culturales que la historia puso ahí, buena o mala nuestra historia, nuestra cultura, algo vivo, cuyas raices se hundían en un pasado común y por tanto a conservar, aunque para algunos rencorosos la historia fueran aún sus recuerdos, la cultura las cartas y documentos expoliados por los asesinos de sus abuelos, el pasado la mañana en la que se llevaron a sus padres).

Sí, ahora Andrés estaba en El Sistema pero era un economista moderno, de nueva generación, como su móvil, como su ordenador, como su coche, como su agenda electrónica, como su blackberry, como su Ipod, como su consola, como su cámara de fotos y video, como sus videos porno de internet.

Sí, Andrés vivía al límite como el joven desenfadado y vital que era, el mundo era suyo pero se preocupaba por los pobres como un moderno Robin Hood, que, pese a pertenecer a la nobleza, ayudaba a los plebeyos. Como Bruce Wayne.

Iban a tener todos casas dignas. Y cuando decía “todos” quería decir “todos”; por eso se construían tantas viviendas. Hasta en el desierto. Y campos de golf, para que pudiera jugar todo el mundo, hasta los que vivían en el desierto (la ecuación era perfecta, beneficio para los ciudadanos y beneficio para las grandes constructoras que daban trabajo a esos ciudadanos). Segundas residencias para todos en la montaña, con el consiguiente provecho para la población rural, hasta ahora condenada al exilio urbano, aún a costa de esas mismas montañas que constituían su riqueza. Todos viviendo como millonarios, la igualdad definitiva. El comunismo capitalista.

Y, por fín, había llegado el momento de hacer de éste un mundo mejor: Andrés tenía ante sí su primera tarea.

Nuestro héroe estudió los informes y sintió cierta decepción: debía comprobar la viavilidad de una operación de venta de stock interno entre oficinas satélite (ISSISO), una operación rutinaria, no sería fácil ayudar al mundo y a las ballenas con un asunto a primera vista anodino, pero pronto se animó al comprobar que la oficina satélite se encontraba ubicada en un país del tercer mundo: las Islas Caimán.

Pobres negritos. Se le presentaba una magnífica oportunidad de hacer el bien, así que Andrés se puso manos a la obra: resultaba que la oficina satélite del tercer mundo estaba sufriendo graves pérdidas, seguramente debidas a la frágil economía del país, y devolvía grandes cantidades de stock que viajaban cada cierto tiempo, sin ser desembaladas, con la compañía de transportes de otro amigo de su padre que ingresaba por ello cantidades millonarias (otra vez el círculo perfecto de la armoniosa economía), y la oficina central se veía en la penosa obligación, asumida a juzgar por los implicados personalmente en la operación, por miembros de las muy altas esferas, a invertir en la desdichada oficina de las Islas Caimán grandes cantidades de dinero; muy grandes si se tenían en cuenta el valor en bolsa de las acciones que Andrés poseía de su empresa (Andrés invertía en bolsa porque no le gustaba el dinero, y solo lo quería para, precisamente, no tener que preocuparse por él; Andrés era también un bohemio), pero le habían asegurado que sus inversiones estaban a salvo, y reforzaba su confianza en la empresa, en El Sistema, el ingreso en su cuenta corriente de un importante bonus valorando por adelantado su profesionalidad y discreción, habiendo sido felicitado (¡personalmente!) por alguno de esos ilustres miembros de las altas esferas, la operación personalmente elaborada por los cuales (Personal Acting Master Section Advising, PAMSA) comprobaba.

Y era una operación impecable, matemáticamente excelente, todo encajaba con la precisión de una melodía perfecta, la exactitud en el detalle y el todo de un mandala tibetano; Andrés lo sabía porque también viajaba. Era un hombre de mundo, y un romántico.

 

28/04/2008

El hombre con una viga en la cabeza

 

Había algo extraño en ese hombre. Al principio la gente no se detenía a mirar, caminando con la ensayada prisa de una mañana soleada y fría de invierno. Pero había algo extraño en ese hombre que distraía por un momento a los viandantes de sus inexpugnables tribulaciones, y ese algo removía una curiosidad domesticada con el transcurrir de los días, pero latente.

Ese hombre tenía una viga de acero atravesándole el cráneo. Una viga grande, gruesa, que clavaba al hombre en la acera, manteniéndole en pie pero en una posición que se diría retorcida y grotesca. Pero bueno, qué más da, se preguntará el lector como se preguntaban las anónimas gentes de bien testigos de tan extravagante comportamiento; al fin y al cabo cada uno es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo si no hace mal a nadie. Pero eso es solo teoría, una buena idea manipulada por los hipócritas que se amparan en el respeto como se ampara cobarde el avestruz en la tierra. Una idea que protege del miedo a lo desconocido, que deja de dar miedo cuando se conoce. Porque las mentes de esas gentes de bien, como ahora la mente del lector, se hacían preguntas tendenciosas acerca del hombre con la viga en la cabeza. Algunas eran visibles en las muecas de desaprobación que los viejos hacían al pasar por su lado, mostrando un desprecio que, tras tantos años, se habían cansado de ocultar, total ya pá qué. Otros se detenían junto al hombre con la viga en la cabeza mirándole desafiantes a los ojos, vacilones pero cautos, enseñando los dientes mintiendo la distancia, como babuinos que no se atreven a bajar del árbol. Quien se había creído que era ese pimpín para hacer... eso, lo que quisiera que fuera pero que no entendían, motivo suficiente para coger una tibia de gorila y chillar dando saltos. Pero el hombre con la viga en la cabeza permanecía indiferente, con la mirada desorbitada contemplando el vacío en la misma posición grotesca, quizás era un tipo extravagante pero no carecía de valor, sin duda, y los sheriffs de pelo a cepillo y rieju no se iban, le perdonaban, deseando llegar para contarlo a Casa Paco.

Pero no todo es desconfianza y rencor en el corazón de los hombres y los viejos, aún la inocencia de la curiosidad puede enmascararse de preocupación y caridad cristiana, y la inocencia, como su propio nombre indica, es inocente. Así que una mujer mayor, víctima de un repentino flashback que la devolvió a cuarenta y ocho años antes, Madrid, España, 1959, Amparo llora en las escaleras de la casa para madres solteras de las monjas de la caridad sosteniendo a su bebé en brazos, y aquel hombre, cortés, le enseña a Amparo la cara y la frase a usar en estos casos:”¿Le ocurre algo?”. Y aunque, sin duda, aquel hombre cortés no era detective, no era necesaria en estos casos tanto la perspicacia como la sutileza, así que la señora mayor, que se llamaba Antonia, se acercó al hombre con la viga en la cabeza y le dijo, poniéndole la mano en el hombro como hizo aquel señor:”¿Le ocurre algo, joven?”(Antonia siempre había tenido una vena creativa reprimida, no exenta de cierto gusto por la provocación).

Tanta amabilidad y sutileza no conmovió al hombre con la viga en la cabeza, que permaneció impasible, con la mirada perdida, como si no fuera con él la cosa. Como si oyera llover. Pero ello no convirtió la generosidad desinteresada de Antonia en fundamentada (de fundamentalista) ira. Igual estaba drogado, igual el hombre con la viga en la cabeza era yanqui, así que Antonia, reforzada por la magia del escenario al saberse contemplada por los otros transeúntes, vanidad vana ya que para los otros transeúntes era ella mera excusa para enfrentarse a lo desconocido, al hombre con la viga en la cabeza, Antonia, digo, dijo:”¿Se encuentra bien?”, para luego, utilizando un recurso fácil teniendo en cuenta su ética de artista, añadir:”¿Le ocurre algo?”.

De nuevo, el hombre con la viga en la cabeza no dijo esta boca es mía. Ni nada.

El tumulto formado por los curiosos alrededor del hombre con la viga en la cabeza no tardó en llamar la atención de Jaime, número de placa 783889 y dos números más, agente municipal emparentado con la familia de los funcionarios rama expeditiva (de pedo), y joder, no, tenía que ser hoy, en su turno, cuando estallara el caos y la tercera república en su zona de patrulla, se había formado un alboroto en su calle, seguramente mediante sms, esas madres volviendo de comprar el pan podían estar armadas, esos cochecitos de bebé podían ocultar racimos de ántrax, viñedos enteros, ese parvulario lleno de niños podía ser la tapadera de un campamento de entrenamiento terrorista de esos que salen en la tele, contradictoriamente llenos de pistas americanas, o quizás por eso mismo. Esos obreros de la construcción que contemplaban entre ostiaputas y lahemoscagaomisters la rotura de la sujeción de un elevador de vigas gruesas de acero podían formar una célula durmiente con mal despertar, sin duda alguna cancerígena para el maltrecho recto de occidente, putrefacto de tanto cagarla. Pero no. Como descubrió Jaime con alivio, tan solo se trataba de un tipo con una viga en la cabeza, seguramente un panc. Los polis de verdad, los que estaban en las calles, los llamaban pancs. No punquis, como esos pisaverdes que tramitan los dni o los pasaportes. No. Jaime sabía reconocer a un antisit... antitit... antisistema cuando lo veía, al fin y al cabo era un poli de verdad, de los de raza, de los que sacrifican materia cerebral para concentrar todas sus energías y facultades en ver lo que los indefensos e ignorantes ciudadanos no ven y en resolver tales situaciones, actitud propia de quien ha mirado a los ojos a la muerte y por eso tiene la mirada como muerta, como vacía de inteligencia, como de vaca, pero no, eso es porque ha mirado a los ojos a la muerte. Una raza que se estaba perdiendo, los nuevos agentes que estaban saliendo de la academia incluso leían, eso es real. Pero él no, real sí pero no leyó nunca un libro, total pá qué, y sabía qué hacer. Así que se dirigió al hombre con la viga en la cabeza, disfrutando del silencio que siempre una de sus apariciones provocaba, mezcla de respeto y miedo, y, apartando a un lado a Antonia, soltó johnwaineante la frase que todo agente de la ley llevaba grabada a fuego en su alma:

“Buenas tardes”.

Eran casi las doce del mediodía, pero la tradición es la tradición. La fuerza dramática de “buenas tardes” no es comparable al anodino, por ingenuo, “buenos días”.

El hombre con la viga en la cabeza, desafiante, no contestó.

Los más viejos del lugar (esquina García Noblejas con Alcalá) movieron apesadumbrados la cabeza, dispuestos a disfrutar del espectáculo. Total ya pá qué.

Jaime maldijo colérico al hombre con la viga en la cabeza, lloró desconsolado de rabia y gritó al cielo porqué, porqué Dios tanto castigo, porqué estás pruebas, Dios, Diooooooooos, porqué no me matas, Dios, porqué no me matas de una vez y acabamos con esto, pero lo hizo para sus adentros. Por fuera, su rostro era una escultura de hielo, impasible el ademán. Y Jaime, sonaron las doce en el carillón de la tienda de todo a cien, decidió jugarse el todo por el todo. Las cartas sobre la mesa. el último recurso. Hay un momento en la vida de todo hombre etc. Era arriesgado pero podía funcionar. Mascó las palabras antes de escupirlas:

“Buenas tardes”.

Una pausa dramática sobrevoló la escena, se hizo el silencio en la calle (el semáforo estaba en rojo), dilo, pensaba Carlos, ayudante de notario, virgen a los cincuenta y cuatro, no tienes porqué luchar, contesta al policía y todo irá bien. Sí, todo irá bien.

Pero el hombre con la viga en la cabeza no respondió. Se limitó a seguir ahí, en una contorsión imposible que era un grito de desafío al orden establecido, a la mismísima Creación. Aquella situación tenía algo de satánico, y el miedo atenazó los corazones de los allí presentes esa tarde si tarde es a partir de las doce del mediodía y no después de comer. Los allí presentes sabían que Jaime había hecho lo que debía, lo que se le exige a un policía, pagaban sus impuestos para que supiera qué hacer en esos casos, le había dicho “buenas tardes”,¡le había dicho buenas tardes dos veces, por el amor de Dios! Y la duda afligió con su látigo de pánico a todas las personas humanas que allí estaban y a Jaime también.¿Si la policía no era capaz de hacer nada con el hombre con la viga en la cabeza, quién podría? Ellos eran simples amas de casa, simples repartidores de propaganda buzón a buzón, simples crackers de la banca con acciones multimillonarias en empresas multinacionales, no estaban preparados para el hombre con la viga en la cabeza, nadie lo estaba.

O quizás sí.

Déjenme pasar, soy médico, se escucho entre el gentío.

Claro. Un médico. Quizás un médico era el único que podía resolver el enigma del hombre con la viga en la cabeza, devolverle la mirada al abismo de la propia ignorancia, sentimiento atávico y animal aprendido en las cavernas que resurgía con una fuerza ancestral entre un grupo de curiosos en la esquina García Noblejas con Alcalá. Sí, un médico. Había ido a la universidad y todo, él sabría qué debía hacerse.

El mar de curiosos se abrió al mesiánico galeno; todas las personas y Jaime se apartaron cuando aquel avanzó con noble porte hacía el hombre con la viga en la cabeza, hacia lo extraño, aleph de periferia, monolito de extrarradio.

El médico examinó al hombre con la viga en la cabeza con la gravedad en el rostro propia de un profesional, la multitud contuvo sonoramente la respiración cuando le rozó levemente con sus dedos al examinar sus ojos, agachado pero digno.

“Este hombre está muerto”, sentenció.

Un murmullo de asombro recorrió el gentío. Así que era eso.

Más tarde, algunos de los presentes ahí reunidos comentarían distraídos que ellos ya lo sabían. Otros lo dijeron como quien no quería la cosa, introduciendo el tema en la conversación sin venir a cuento con el objetivo último de impresionar a sus interlocutores, que disimularon su asombro y su envidia con una muy ensayada indiferencia, no fuera la sorpresa a delatar su ignorancia, algunos respondiendo que ellos vieron a un muerto cuando viajaron a Tercermundolandia, tienes que ir, una experiencia imposible de explicar (no entendieron nada al fin y al cabo, qué coño iban a explicar, pero unos colores increíbles), y los otros asintieron como vieron en las películas que asentaren los hombres de mundo que hubieran o hubiesen querido aparentar ser, dejando que el autohalago enmascarare la rabia. Cambiaron de tema, maldición.

Todo se hizo diáfano para aquel grupo de hombres y mujeres que se habían enfrentado a las tinieblas de lo desconocido y habían regresado con el premio de la sabiduría. Aquel grupo de valientes conocían el papel que el destino les había obligado a interpretar y vive Dios que lo interpretarían hasta la sobreactuación, voto a tal. El policía, el médico, el cadáver, la ancianita, el gentío; era perfecto.

Jaime lo hizo. Se volvió hacia los presentes, y dijo:

“Muévanse. Aquí no hay nada que ver”.

Jaime ya podía morir en paz. Había dicho la frase.

Y el gentío se movió. Algunos se abrazaron profiriendo diosmíos, otros apartaron la mirada sollozando nopuedoverlos, otros contemplaron al otrora amenaza ahora víctima hombre con la viga en la cabeza silbando pobre, tan jovens, pero todos hicieron su parte.

Pronto la inquietud empezó a extender sus tentáculos entre los allí presentes, excepto en el hombre con la viga en la cabeza.¿Qué debían hacer ahora? El hombre con la viga en la cabeza no podía quedarse ahí eternamente, tendrían que hacer algo y necesitaban a la persona adecuada para ese trabajo...

Así que Jaime llamó al juez, que para eso era policía.

El juez Amparanoio Uzuluagantonio Marquezsoria, que también caga, llegó al lugar de los hechos a las 12:43 junto al médico forense, Juan. A las 12:44 el médico forense Juan determinó que, sin lugar a dudas, el hombre con la viga en la cabeza había muerto a consecuencia de un traumatismo absoluto general y multiencefálico categórico y rotundo ilimitado y total con devastación severa, sin duda provocado por impacto de una viga en la cabeza.

A las 13:08 terminó la frase. A las 13:07 el juez Amparanoico Azulgantonio Balmezsoria, que no deja terminar las frases, ordenó el levantamiento del cadáver. Ante la cara de circunstancias de la multitud allí reunida, la cara aquella de sí, claro, levantar el cadáver, pues venga, si se ha de levantar se levanta, ¿no? el juez Amparanoias Zuluagantoño Marcosanchez, merced a su experiencia avalada por los muchos años ejerciendo su oficio, el juez Andrómedes Zulguntonias Martinezcampos, digo, concluyó que lo mejor, en estos casos, es llamar a una funeraria. Ellos sabrían qué hacer. Era su trabajo.

Pero el extraño caso del hombre con la viga en la cabeza no terminó allí.

El extraño caso del hombre con la viga en la cabeza llamó la atención de numerosos medios y expertos en diferentes materias. Así, fueron reveladoras las declaraciones del experto en dar opiniones de psiquiatría en la tele, el psiquiatra Mercader Chaquetas, cuando afirmó rotundo que, con una viga atravesándote el cráneo, es imposible pensar, y alertó a los atemorizados padres sobre la posibilidad de que sus hijos se sumerjan en el infierno de las vigas de acero atravesándote el cráneo. Y cobró por ello.¿Porqué no? Él sabía lo que tenía que hacerse, era su trabajo.

La clase política no pudo permanecer indiferente ante el asombroso caso del hombre con la viga en la cabeza, y el gobierno se comprometió a liberar de la lacra de las vigas de acero a la sociedad, tomándose medidas inmediatas como, por ejemplo, la detención de numerosos edificios con vigas de acero en sus estructuras, aumento del gasto del Estado en policías y cámaras de seguridad que vigilaran cualquier movimiento sospechoso de las vigas en todas las calles, en todas las casas, en todas las máquinas de tabaco (en estas últimas especialmente, de todos es sabida de la propensión de las vigas de acero al tabaquismo), y modificando leyes que les permitieran llevar a la cárcel vigas de acero, creando así un peligroso precedente: primero serían las vigas, ¿y luego? ¿Quien sería el siguiente? Que Dios se apiadase de las tostadoras si a alguna de ellas se le ocurría caer en una bañera. La oposición se dedicó a vociferar que tales medidas eran cortinas de humo para ocultar que los miembros del gobierno vivían en casas con vigas de acero y que iban a vender el país a la industria siderúrgica, que se vio beneficiada por la campaña publicit... digoo... de desprestigio iniciada por la clase política. A los que sugerían que quizás las vigas no tenían la culpa, que quizás la culpa era de la ley de la gravedad (la mayoría de estos eran jipis de letras que odiaban lo que no entendían) se les acusó de amigos de las vigas de acero, así que se procedió a la clausura de sus locales sociales, es decir, sus bares, tildándose sus publicaciones y medios afines de “propaganda viguista”, provocando así que los jipis de letras se reafirmaran en sus ideales acerca de las bondades de las humanidades.¿Y porqué no? Los políticos sabían lo que tenía que hacerse en estos casos, era su trabajo.

El archimegacardenal supremoapiñón másmola Ronco Pasarelas proclamó, solemne y haciendo honor a su nombre, tras el vuelo entre la espesa niebla de las siete, que si el hombre con la viga en la cabeza había sido bueno iría al cielo, y que si había sido malo al infierno, y cobró por ello (el archimegacardenal, no el hombre con la viga de acero en la cabeza), aunque Dios desaprobaba el atravesarse el cráneo con una gruesa viga de acero, y culpaba de ello a un demasiado moderno modelo de sociedad descreído, decadente, ateo y maricón, al que, como no le hacia caso, ponía morritos.¿Y porqué no? Él sabía qué opinaba Dios en estos casos, era su trabajo, y su trabajo peligraba. Amén.

El Rey del Bourbon, interino con plaza fija en la historia y espejo de funcionarios que aspiran a una eterna hora del desayuno, por su parte, mensajeó a los españoles todos en esas fechas tan entrañables.¿Y porqué no? Él sabía lo que tenía que hacerse en esas fechas tan entrañables.

Los españoles todos, por su parte, hicieron su alineación perfecta para la selección nacional.¿Y porqué no? Todos y cada uno de ellos sabía lo que tenía que hacerse con esos vagos.



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